Infierno Radiactivo #4: Bienvenidos a Prypiat

Tres semanas después, andando y parando cada poco tiempo, llegaron a Prypiat, la ciudad fantasma.

Lo primero que saludó al equipo, compuesto por la chica y el joven mutante, fue la majestuosa noria, que chirriaba a causa de los años. Tchaikvosky miró en su medidor de radiactividad, empezó a asustarse y dio unos pasos hacia atrás.

-Señorita Willams…-Aleksaandar la miró, extrañado. Su rostro, que siempre mostraba una sonrisa dulce y acogedora, ahora estaba nublado de preocupación-¿Qué te sucede?

Ella al instante se dio cuenta de que estaba asustando a su pequeño Alek e intentó cambiar su expresión de horror a otra llena de confianza y valor. No había nada que temer. Lo conseguiría, eso estaba claro… Si no se moría por el camino, claro. Agarró la mano del mutante y empezó a adentrarse en ese pueblo ucraniano, en el cual se respiraba el horror y la inquietud de aquel día, ese día que había sido borrado de todos los libros de historia por el dictatorial gobierno de La Compañía.

Ella se preguntaba por qué deseaban borrar algo tan triste y importante del recuerdo de la gente, por qué mataron a todos los que aparentaban saber de las catástrofes nucleares… Pero sus dudas fueron resueltas en cuanto se encontró en un trozo de acera que milagrosamente aún no había sido invadido por la maleza propaganda de la última gran elección de gobierno, hecha con un papel especial. Recordó haberlo leído en los libros prohibidos de su abuela materna. No había nacido, pero recordaba haber oído a sus padres recordarlo. Cuando hablaban de ello automáticamente discutían, y ella odiaba verlos discutir.

Empezaron a avanzar, Kaláshnikov en mano, abrazados y con el corazón en un puño, alterándose con cada pequeño ruido. Pero poco a poco descubrieron que no había nada que temer: Los animales hacían su vida en paz y armonía, respetando a estos dos chicos. Era como si, a pesar del desastre, todo siguiera en su sitio, como si los humanos nunca hubieran estropeado todo su planeta. Los animales vivían en total libertad, como en aquellos documentales prohibidos por el gobierno. Tchai no entendía por qué prohibían ver algo tan hermoso y real, algo que todo el mundo debería ver al menos una vez en su vida. Poca gente sabe que los animales no son creados por el Zoo, sino que se reproducen  como los humanos.

Comenzaron por buscar un lugar en el que quedarse, con cama, mesas y sillas, pero, a causa de los años, todos los edificios estaban casi derrumbados, llenos de moho y encharcados de agua. Fue entonces cuando ella vio un pequeño refugio, rodeado por escombros. No estaba muy seco, pero al menos tenía pinta de no irse a caer encima.

Empezaron a decorar el sitio, a arreglar mesas y sillas, a hacer bien la cama, lavar las sábanas, las alfombras… Fue entonces cuando llamó la madre de Tchai.

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