Genious of Mafia (2)

Cuando llegó, bajó del coche y se dirigió a su parte trasera. Forzó la cerradura del maletero y sacó su mochila, para después adentrarse en la academia. Un recinto tan grande como media ciudad.
Escupió tras el hombro, para tener buena suerte, y comenzó a caminar, con la mochila en la espalda y las manos en los bolsillos. Por desgracia, no tuvo demasiada paz. Una chica seis años mayor que ella le agarró el hombro y le dirigió una cálida sonrisa. Enseguida supuso que se iba a parar a charlar, y que seguramente era del consejo escolar.
-Hola. ¿Eres la niña nueva? ¿Cómo te…?
Le puso la mano ante la cara y se fue de ahí. Encendió un cigarro. Se lo llevó a la boca. Siguió caminando hacia la casa del director, siguiendo las señales. Aún así, no se creía que todo fuese tan grande. Seguramente le había pedido dinero a su padre para montar esa academia.
Al cabo de una larga media hora llegó a la pequeña casa de dos plantas, algo alejada de los otros seis edificios. Caminó, sin prisa, hacia la puerta de la casa. De color marrón, que desprendía un dulce olor a resina. Sacó las manos de los bolsillos y la abrió. Nada más hacerlo vio a una chica pelirroja, y sintió que le iba a caer mal para siempre. Seguramente por esa mirada de desprecio que tenía en la cara.
Cerró la puerta y miró a los lados, buscando el despacho, hasta que se dio cuenta de que estaba escaleras arriba. Genial, había quedado como una tonta ante la niña que tenía delante. Adoraba ser tan despistada.
Subió las escaleras y, sin llamar, abrió la puerta.
-Bienvenida a la academia, señora de las moscas.
Un hombre joven, de unos treinta años seguramente, estaba sentado en una silla de despacho. Ella, sin embargo, se quedó en la puerta, amenazante. No se fiaba de ese señor.
-Solo Guilty.
-Yo creo, sin embargo, que es mejor usar tu verdadero nombre, Helénica.
Suspiró con desprecio. Odiaba que alguien que no tenía ni idea de ella usase su verdadero nombre. Se cruzó de brazos y lo miró fijamente, alzando las cejas.
-¿No te vas a dar prisa? Quiero acabar con esto rápido.
-Pues con este, aún te quedan siete años para acabarla.-el hombre se río, de forma estirada, ante el gesto de la niña.-Realmente pensaba que eras más temible. Tenía miedo de conocerte.
Y finalmente, ella terminó por sonreír, de lado. Le agradaba que le dijeran que daba miedo, hacía que se sintiese fuerte y admirable.
-Pero vas a tener que dejar todas las armas que lleves encima. Y el veneno. Las bombas también. Y los mecheros.
Eso ya no le hacía tanta gracia. Ya no podría matar a nadie. No como solía hacer. ¿Es que su misión era ser más inteligente que Satanás? Y lo peor de todo ¿A partir de ahora tendría que fumar chocando unas piedras? Era increíble.
Dejó todo el armamento, excepto un mechero rosa de un puticlub. Acto seguido, se fue.
Bajó las escaleras, salió de la casa y se encendió un segundo cigarro. Mientras caminaba se fijó en el mechero. Era de esos que se movían con agua, tan característicos de los noventa, pero en ese caso, en vez de tener un coche o una bicicleta, tenía una mujer impresa por dentro y lo que se movía era la ropa.
En la parte contraria tenía escrito “Pub Rivera”.
-Vaya, -pensó ella-Al tío le va el mete saca.
Guardó el mechero en el bolsillo y siguió su camino, ahora mirando hacia delante.
Al poco pudo llegar a su residencia.
-Bienvenida, niña.-una señora, de unos cincuenta, le agarró la mano.-Permite que te guíe hacia tu habitación.
-Por fin podré estar sola
Pero por el rostro de la mujer, supo que no iba a ser así.
Caminaron por los amplios corredores de las habitaciones de primaria. Dormitorios mixtos para tres personas. Se preguntó cómo podían dejarle tan fácil matar a dos alumnos. Aunque en seguida entendió por qué. En el interior de la habitación 1554P, la suya, había dos alumnos. Y no tenían pinta de ser como los otros niños ricos. En absoluto.
-Llegas tarde-Dijo el más bajo de los dos
El segundo solo se rió de una manera muy macabra. De oírlo ya le tenía manía.
Quien había hablado tenía el pelo negro, alzado, como si se hubiera echado un bote entero de gomina, y la piel muy pálida. Su jersey era de color negro, manchado de sangre, y en su cara de niño descansaban unas gafas de esquí demasiado grandes para él.
Empezó a moverse hacia la cama, con cuidado, como siempre hacía en sus misiones. Intentando alejarse de la litera lo más posible. Por desgracia, nada más dejar la mochila, el más alto del grupo la alzó, agarrándola por las axilas.
-¿Eres la mayor? Eres realmente pequeña.
A continuación, soltó otra de sus carcajadas de maníaco, que solo pudo callar con un codazo en la nariz. Solo así pudo fijarse en él.
Su piel era de color miel, como la de las prostitutas de un “amigo” de su padre, y tenía el cabello muy corto. Realmente corto. Casi rapado.
Sus ojeras eran enormes, y sus ojos malvas solo expresaban una cosa: Hambre y locura.
En su muñeca descansaban unas esposas con la cadena tan rota como su ropa, que contrastaba con el la enorme y cuidada sudadera de la niña.
Los miró a los ojos, con asco, y alzó las cejas, comprendiendo que su misión era acabar con ellos dos.
-Me llamo Helénica. Espero que disfrutéis el poco tiempo que os queda.
Eso solo sirvió para que el chico de las gafas la odiase más.

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