Genious of Mafia (3)

-¡Mamá!- Ella empezaba a correr detrás de una sombra, deseando alcanzarla y abrazarla, pero esta huía.
No sabía por qué, pero podía notar que el ente tras el que corría tenía miedo.
-¡Aléjate, tú no eres mi Helénica!
Aquella sombra trataba de escabullirse por los distintos callejones, pero, sin embargo, Helénica trepaba con suma facilidad por las paredes. Como si fuera Spiderman.
Finalmente, fue capaz de acorralar a ese ser, y se acercó, cariñosa, a abrazarlo.
De repente, el escenario cambió bruscamente. Tenía un cadáver delante.
Se trataba de una mujer de pechos despampanantes, cabellera rubia, ojos negros. Bastante canija. Realmente idéntica a ella.
No había duda. Era el cadáver de Thordiss. La puta que la parió. Literalmente.
-¿Mamaita?-Miró hacia su mano derecha, en la que sentía un peso extraño. Al ver qué había ahí gritó hasta quedarse sin voz. Era su cuchillo favorito.
Entonces se despertó, solo para volver a girar. Tenía una cara de maníaco muy cerca de la suya. Era Adry.
Le metió los dedos en los ojos y se intentó apartar, pero estaba sentado sobre su caja torácica.
-¿Dónde has aprendido a inmovilizar de esta forma?
Él no respondió. Le dolían demasiado los ojos, pero alguien lo apartó y comenzó a golpearla. Rápidamente se cubrió la cara y, con la adrenalina del momento, giró el cuerpo, solo para hacer que el loco que tenía encima cayese. Una vez conseguido, empezó a correr hacia la puerta, pero era imposible huir. Estaba cerrada.

-Los profesores cierran con llave, querida-Dijo él, de manera cruel.

Intentó echar la puerta abajo, pero cada vez que golpeaba una masa negra y viscosa la pegaba más a esta.

Se volvió a despertar, ahora en la camilla de la enfermería.
-Por fin abres los ojos, bella durmiente- pudo ver, bastante borrosa, a la enfermera de su academia.-No sabes qué susto nos ha dado tu fiebre y tus gritos. ¿Con qué soñabas?
No contestó. Simplemente se fue. Pasaba de tener relación alguna con esa mujer.
Se aseguró de que no había nadie en el resto de la residencia y se desplazó a su cuarto. Al llegar, abrió la puerta con mucho cuidado, para comprobar que no estaban los otros dos locos con los que tenía que convivir. Al ver que la estancia estaba totalmente vacía comprobó el estado de su cama. Suspiró con resignación y comenzó a cambiar las sábanas. Estaban empapadas de sudor. Genial.
Terminó de retirar la ropa de cama y la cargó hasta el cesto de los de secundaria, con el fin de no dejar pistas. Durante el camino pensó en todo. En cuánto odiaba ese sitio. Nunca se había sentido tan poco querida en un falso hogar. Y todo el mundo parecía querer encajar con ella, pero, sin embargo, solo eran ratitas que había que cazar.
Y ¿Su padre era realmente su padre? Es más ¿Había sido ella quien realmente había matado a su madre? No lo sabía.
Dejó en el cesto las sábanas y mantas, bajó, en silencio, hasta la última planta y se dirigió a la escuela de primaria.
Las aulas eran mixtas, de doce personas. Con razón los edificios eran tan grandes. Abrió la puerta de su aula y se los encontró, para luego cerrarla de un portazo. Oh. No. Desde luego que no. Ellos dos no.
Tomó aire y volvió a entrar, resignada.
-Así que tú eres la niña nueva- le dijo la profesora, de unos treinta años.-Siéntate al lado de Adry. Recordad, niños, los chicos y las chicas sois iguales. Preséntate, cariño.
-No quiero- dijo ella. Y se sentó al fondo de la clase. La tutora apuntó ese comportamiento en el cuaderno y la miró con desprecio y frialdad.
La clase transcurrió lenta y pesada, asi que para aguantar el resto de horas simplemente se durmió.
Cuando abrió los ojos la clase ya estaba vacía, y tenía a la profesora delante.
-¿Qué?-Helénica la miraba con asco. Ahora tendría que aguantarla.
-Te parecerá bonito llegar tarde y desobedecerme.
-Ya.-respondió la niña- Como si fuera una oveja.

-¿Quiénes son tus padres?- preguntó la profesora.- No creo que a tu madre le vaya a hacer gracia que vuelvas a casa con un parte de expulsión.

Fue entonces cuando los recuerdos dormidos de su mente, después de tanto tiempo, salieron a la luz. Recordaba su guardería, de cuando tenía dos años. Y recordaba a una mujer rubia, siempre sonriente, que la recogía de ahí. También podía acordarse de otro niño. Un bebé de unos meses que también iba a la guardería. Su hermano Lorenzo, hijo de otro padre. Otro padre que jamás había sido conocido.

Pero tambien llegaron a ella recuerdos fríos. Recuerdos llenos de hambre y enfermedad en los que no tenía casa. En las que huían de alguien. Por su culpa. Solo por su culpa. Por ser hija de alguien equivocado. Y con el peor recuerdo de todos comenzó a llorar delante de aquella desconocida.

-Lo recuerdo-dijo- Lo recuerdo todo. No fui yo. Fue él. Yo no maté a mamá, y tampoco ahogué a Lorenzo con estas manos. Fue mi padre.

La maestra acarició su espalda, intrigada por el pasado de esa niña.

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