Genious of Mafia (6)

Oriana Malfatti
Cerré los ojos durante esta caída que semejaba ser infinita. A pesar de durar unos pocos segundos (Siete segundos según me contaron años después) para mí duró como veinte minutos, en los que, al contrario de lo que siempre dicen, mi vida no pasó delante de estos ojos míos. Al contrario. Sentí que oía otra vez a mami, que la veía otra vez como siempre la había recordado: El pelo recogido en un moño perfecto, los ojos azules, siempre alegres, y ese rostro que, como me dijo mi abuela biológica años más tarde, era idéntico al mío. Y oí su voz, joven pero maternal (O eso creo yo, vaya.) cantarme una canción de cuna que siempre tuve en mi subconsciente. Y hice caso a esa canción. Cerré los ojos para dormir durante los tres segundos que me quedaban.
Pero alguien interrumpió ese sueño.
Abrí los ojos, extrañada de seguir viva, y me sorprendí de lo que veía. Un joven, realmente pálido, con el cabello blanco y los ojos azules, me agarró antes de morir.
-¿Y tú quién coño eres?-Me levanté de un salto y lo miré, demasiado aturdida como para darle las gracias.
-Un hueso muy duro de roer. ¿No le vas a dar la mano a tu salvador?
Miré de arriba a abajo al joven que tenía en frente, quien me tendía la mano con una sonrisa burlona. Su aspecto era realmente descuidado. Lo único medianamente elegante era el uniforme de camarero, que contrastaba con sus piercings, la sudadera azul que llevaba por encima de este y sus zapatillas de andar por casa.
Acepté a darle la mano, pero sonó una pedorreta repulsicamente desagradable. El muchacho se rió como un descosido, pero yo aparté la mano rápidamente, desconfiada.
-La broma del globo. Nunca falla. ¿Por qué no te ríes?
-No le veo la gracia.-además, todavía estaba en shock por la caída. Aún no lo sabía, pero del susto me había quedado un mechón de pelo absolutamente blanco del cual me acomplejaría durante mi adolescencia. Hoy en día, irónicamente, lo luzco con orgullo.-aún no me has dicho tu nombre.
-Vaya, cómo sois los de la mafia,- me asusté por ese comentario y me alejé un par de pasos, pensando que era de la policía- eh, tranquila, no huyas. Me llamo Simon, y soy camarero. También trabajo vendiendo perritos calientes. Y gatitos calientes.
-Ah. -respondí. Realmente quería que ese tipo se alejara de mi.- Me alegro por ti.
Simon siguió sonriendo, pero ahora parecía estar analizandome. Ese tío daba demasiado mal rollo. Traté de irme a la residencia, pero él me seguía.
-¿Quién te tiró del tejado?-Dijo de repente, sobresaltándome.
Yo no sabía qué contestarle, y tampoco quería que supiese nada. Encendí un cigarro, para relajarme, y le respondí con una mentira.
-Me tropecé. El tejado estaba resbaladizo por el limo. Nada importante.
-Mientes.
Su respuesta me dejó anonadada. ¿Que miento? Ni mi padre me pillaba mintiendo. El chico acabó llamándome la atención, así que cambié mi rumbo hacia los jardines, para sentarme con él en un banco.
-¿Cómo lo sabes?
Me giré hacia él y le ofrecí un cigarro, que él aceptó. También le ofrecí fuego, pero él usó su propio mechero, con forma de hueso. Gracias a eso y a la calavera que llevaba puesta como pendiente en la oreja derecha pude adivinar que le gustaba el mundo de ultratumba.
-Bueno… Después de una esqueletonelada de clientes acabas sabiendo mucho sobre personas.
-Mientes- contesté yo ahora. Eso hizo que él se riese.- ¿Qué?
Pero ya se había ido. Así que, una vez más, cambié mi rumbo, de vuelta hacia la residencia, con el viento como única compañía, recapacitando así sobre lo que acababa de pasar.
Cuando llegué a la residencia, antes de que acabara de abrir la puerta, Ursula se abalanzó sobre mi y me abrazó, dando las gracias a su dios por mantenerme con vida. Su olor a perfume de rosas blancas, desde ese día, es para mi el olor de la hospitalidad.
-¿Qué te pasó para caerte?
– Resbalé con el limo del tejado mientras me acercaba a Daniel.
Y se lo creyó.
Cuando acabó el ritual de los abrazos, que antes me parecía tan pesado pero que ahora que ella ya no está echo tanto de menos, me llevó a donde estaba Adrián.
Sorprendentemente, no tenía esa sonrisa de loco. Estaba bastante serio. Y parecía sorprenderse de verme.
– ¿Estás bien?
Me sorprendí de que preguntase algo normal. Entre la caída, el tipo raro y él siendo medianamente normal, había llevado demasiadas sorpresas por un día.
-… Sí.
Pasé de enfadarme. Todo era demasiado raro. Me senté lejos de él, pero pude sentir su mirada fijada en mí hasta que alguien me trajo una infusión.
-Una tila para la señorita. Invita la casa.
Me sobresalté. Cómo no. ¿Qué hacía ese tipo ahí? Luego me di cuenta de que estaba en la cafetería.
-No te preocupes. Está… Tibia.-suspiré por el estúpido chiste que acababa de oír y lo ignoré. Era demasiado ridículo.- Venga. No me digas que no tiene gracia. Tu amigo se está… Partiendo la caja.
-No. No la tiene. Y no es mi amigo.- esa afirmación, que ahora me parece una locura, pareció sentarle como un puñal a Adry.- ¿Por qué siempre haces chistes sobre esqueletos? Apestan. ¿Sabes?
-Lo siento. Es un secreto que me voy a llevar a la tumba.- y se fue a atender otra mesa.
-No se lo tengas en cuenta- Dijo la abuelita.- llevó muy mal la desaparición de su padre.
-Ah.- contesté- ¿Y este?- señalé con el pulgar a Adrián, que tenía delante un chocolate caliente.
-Se lo encontraron sin memoria. Ni su nombre sabía. Está aquí por caridad.
Asiento, en silencio, dándome cuenta de por qué estamos los tres juntos.

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