God of Mafia (7)

Oriana Malfatti:
-¡Eres un hijo de puta!

El director me miró, perplejo, como si no supiese de qué iba la cosa, pero ¡Anda que no sabía el cabrón! Yo, mirándolo a los ojos, volví a la carga, sin dejarme engañar. Llevaba demasiados años en el mundo de la mentira y la sangre como para caer en un truco tan barato.

-Es para educarme, dice el otro… Sí, educarme porque no tengo nada que perder. Director de mierda de mente cerrada. ¡Planeabas mandarnos a una misión suicida! Ahora todo tiene sentido… El loco, el sádico y por último la asesina. ¿Qué más dan las vidas de tres críos que solo traerán problemas? Eso es lo que piensas. ¿Verdad?

Descargó toda su risa delante de mi cara y mostró su verdadero yo. Ante eso, sin embargo, no me asusté. Me dio igual. Mantuve mi expresión firme.

-Eres más lista de lo que pensaba, Helénica.- ese nombre, fue como una puñalada en la frente- Una pena que te parezcas a tu madre. Por muy guapa y lista que seas, solo valdrás para puta.

Ese segundo ataque me fue al pecho. Sabía que lo decía solo para picarme. Y picar, piqué. Piqué en el anzuelo.

-Escúchame, hijo de puta. No pienso ir a donde tú me mandes.

De repente alguien, piel pálida y fría, se abrazó a mi cuello.

-Cierra los ojos y cuenta hasta tres, Ori.

Decidí hacerle caso a Simon.

-Uno… -se oyó un golpe sordo-… Dos… – el director gritó como si lo estuvieran matando. Aún así, no abrí los ojos.- …Tres.- abrí los ojos y la única persona que estaba era Simon.- ¡Simon! ¿Qué cojones? ¡Has hecho desaparecer al director!

-Eso parece, sí. Pero solo lo lancé por la ventana.

-Mientes.- volvió a mirarme, perplejo. Acto seguido me revolvió el pelo.- ¿Qué eres? ¿Por qué te tomas tantas confianzas conmigo?- miré fijamente sus ojos azul hielo, buscando una respuesta aceptable, pero desvió la mirada, avergonzado.- Quien no habla de su procedencia es un absoluto traidor.

-¿Y tú qué?

-De mi lo sabes todo. Asesina. Hija de puta…

-¿Cuál es tu verdadero nombre, Oriana?

-Tuve tantos… Helénica, Guilty…

-¿Cuál es el primero?

Empecé a sentirme confusa y mareada, así que traté de cambiar de tema. Él, sin embargo, seguía con el mismo. Finalmente estallé en un fuego de ira. No pude evitarlo. Soy así por naturaleza.

-¡A ver, gilipollas, déjame en paz de una puta vez! No sé la mitad de mi vida. Y si intento pensar en ello me acuerdo de cuando tuve que comerme a mi hermano. Asi que o hablas de ti o me dejas estar.

Y se rió. Jamás se quitó esa risa desesperada de la mente, que se acompañaba de unas lágrimas sinceras e infantiles. Yo no sabía cómo actuar. No me había desarrollado en una situación afectiva.

-¿Puedes abrazarme?-dijo finalmente, mirándome a los ojos con esa cara triste y desesperada.- Me siento solo.

-Somos más parecidos de lo que pensaba.

Nos abrazamos, en silencio. Yo, pensando en qué tendría dentro de sí este misterioso joven. Él, pensando en cómo me iba a contar todo el asunto.

El abrazo solo terminó cuando escuchamos pasos. Apresuradamente me llevó en volandas, como si tuviese cuatro años. Orientó mi rostro hacia su pecho, y yo me agarré a su jersey, extrañada.

-¿Qué pretendes?- susurré. Él se subió a algo muy alto y me acarició el pelo.

-Pase lo que pase no grites. Y no te sueltes.

El cabrón se tiró conmigo por la ventana, sin avisar, y me calló con un beso. Curiosamente, ahí descubrí mi sexualidad. Eso no me gustaba.

Durante unos segundos casi eternos, sentí su dura lengua reptando por todos los huecos de mi boca. Yo, pasmada, no sabía qué hacer. Si me separaba, me soltaría. Y si lo rechazaba… Mis compañeros no tenían mucha pinta de progresistas. Decidí callar y fingir que sentía lo mismo. Total, lo había hecho durante tanto tiempo con mi padre.

Al llegar al suelo, volvió a ser el mismo cabrón de siempre.

-Espero no ser… Besado con el tema.- ya estamos, pensé- Pero… ¿Te encuentras mareada o algo? Espero no haber sido brusco.

Me guiñó un ojo y asentí. Estar, estaba mareada, por todo lo que había pasado.

-Oye, Simon… Que no te parezca mal pero- automáticamente decidí cambiar lo que iba a decir. Si confesaba mi sexualidad, sería el fin del mundo- no me pareció correcto eso de tirarse por la ventana sin avisar.

Ya había desaparecido. Cómo no. Me fui de ese lugar sin reparar en el cadáver del director, que yacía en el suelo.

Al cabo de un rato, llegué a mi habitación. No había rastro de Daniel. Lo único que me encontré fue a Adry con un aparato que enseguida clasifiqué como “Máquina de diversión”. No puedo creerme que no supiera lo que es una Nintendo.

-¿Qué haces, Adrián?- decidí mostrar algo de interés por mi compañero de piso. Ahora mismo me estaba dando bastante pena.- ¿Qué son esos monstruos?

-Se llaman pokémons.-aunque me contestó, su blanco rostro apuntaba a la pantalla. Parecía estar pasándolo bien.

-¿Es eso de los pikachus?-a día de hoy me quiero meter una ostia por ese comentario- ¿Puedo probar?

Al minuto me dejó la consola.

Debo admitir que esa fue la primera vez que lo pasé realmente bien con Adry. Al cabo de media hora, estábamos hablando de comida. Hubiera mantenido ese momento por siempre. Nunca antes había tenido un amigo de verdad. Aun así, no podía quitarme de la cabeza a Simon.

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