Zlo.

(No miento si os digo que tiene que ver con esto de aquí.)

Cayó al suelo, haciendo un ruido seco. Su desnudo e infantil cuerpo estaba cubierto de una sustancia viscosa, como si fuera moco, pero de color azul. El olor era insoportable. Olor a vomito. Aunque, en realidad eso era lo que había pasado. Alguien la había vomitado.

La pequeña niña abrió sus ojitos, de color carmesí, miró a su alrededor, y comenzó a arrastrarse por el suelo, dejando tras de si un rastro azulado y pegajoso. Cuando agarró el pie derecho de la persona que tenía en frente, se desmayó.

Como todas las mañanas, se despertó antes que su tutora y se puso el enorme jersey que esta le había regalado y arreglado. Aun así, la prenda le llegaba por debajo de la rodilla, y las mangas eran cinco centímetros más grandes que su brazo. Pero Zlo nunca se quejó. Nunca supo que podía pedir algo mejor.

Caminó, llena de energía, hacia el salón, donde dormía la cuidadora de la pequeña. Sin pensar en las consecuencias, saltó sobre ella. El adulto solo abrió los ojos en cuanto la niña pisó su estómago.

-Está bien, Zlo. Ahora te doy algo de comer.

Zlo asintió repetidamente. Su abundante y ondulado pelo color oro se agitó, acompasado con el movimiento de su cabecita. Eso solo logró poner de buen humor a la tutora, quien, entre risas, fue a la cocina y preparó para la niña una comida pobre, de pan duro y leche agria. Pero no había nada más, literalmente. La mayor se quedó sin bocado.

-¿No vas a comer, tata?

La mujer rió, mientras peinaba el pelo de la pequeña, y negó lentamente. Se moría de hambre, pero no era capaz de quitarle comida a la niña.

-Hoy no me apetece. Me gusta más ver cómo comes.

Anudó las coletas de Zlo con unos lazos que conservaba de su infancia. El volumen y la cantidad de pelo de esta hacía que las coletas fueran como dos grandes orejas de conejo, que tapaban los pequeños cuernecillos de carnero que le estaban saliendo a los lados.

En cuanto acabó de comer, salió corriendo a jugar. La cuidadora comió las sobras y limpió lo poco que había en la casa, mientras pensaba en lo fácil que tiene que ser vivir sin preocupaciones. Y entonces ardió el bosque.

-Perdón.- Dijo la pequeña niña.

-No importa. No podías evitarlo.

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