Ni idea de cómo demonios llamar a esto.

En el suelo había miles de hojas rojas tiradas, pudriendose. Él solo las pisó. No tenía tiempo para pensar en ellas. La calle continuaba en una pendiente hacia abajo, empinada. Si no estuviera asfaltada, juraría que estaba hecha para abrirse la cabeza. Pero le dio igual, solo siguió andando hasta pararse ante unas máquinas expendedoras. En ellas, había desde gominolas, que consideraba repulsivas, hasta juguetes sexuales, que semejaban ser asquerosos e insanos. Pero él solo buscaba una cosa: tabaco. Por desgracia, a pesar de haber mecheros, filtros y alcohol, no había una sola cajerilla de Ducados. O de Winston. O de Cammel. O de cualquier marca de tabaco. Asi que la pateó furioso, y con ello cayó un paquete de patatas fritas. Era mejor que nada.

Salió de delante de esas máquinas y volvió a subir la cuesta. Arriba, girando a la izquierda, había un parque, que estaba vacío a causa del frío invierno. Él no entendía por qué todos odiaban el invierno. Aunque hiciese frío era acogedor. Mucho más que la sociedad, que siempre juzga, critica, se ríe, insulta, presupone, califica, normaliza y estropea. Pensando en todo esto, andando despacio, comiendose las patatas, observaba su triste figura, reflejada en los escaparates, que tanto detestaba. De hecho, se paró en uno para mirarse, distraido y filosofo como siempre estaba, pero cuando alcanzó el máximo estado de concentración una dependienta, pequeña y alegre, salió a su encuentro. Solo le dio la espalda antes de que abriera su boca de fresa, mientras se sentía culpable por hacerlo. Pero daba igual. Siempre que hacía algo sentía esa extraña sensación de culpabilidad. Odiaba tener una conciencia tan fuerte.

Acelerando el paso, llegó al parque. Pero ya no tenía patatas ni tabaco, asi que era estúpido sentarse en su banco favorito. Simplemente tiró la bolsa de patatas y se fue, con las manos en los bolsillos, a su fría casa. Supuso que allí tendría algún cigarro de emergencia, aunque estuviera empapado. Solo le quedaba saber dónde podría esconderse para estar tranquilo.

Pero en casa todo es siempre igual. Hay amor y se está bien. Sin embargo no puede evitar sentir cierto frío. Él cumple las normas. O eso creen ellos. Al menos no se podía quejar, respetaban sus ideas. La conversación era monótona. Todos los días la misma canción que a ratos le gustaba y a ratos le molestaba. ¿Qué tal el paseo? Bien, ma. ¿Hace mucho frío? No, lo de siempre. ¿Qué tal en el cole? Bien. ¿Qué habéis hecho? Lo de siempre, ya sabes. ¿Has tenido algun exámen? Qué va. Lleva las cosas a tu cuarto. Sí. Esa conversación todos los días, fingiendo una sonrisa.

Fue a dejar las cosas, cerrando las puertas tras su paso. Entró en su habitación, ya sin ganas de fumar (Se las había quitado la charla cotidiana.), cerró la puerta tras de si, caminó ya sin ganas hasta la estantería y ahí lo dejó todo, libro por libro, tirando la mochila al suelo con desprecio. Después, siguió moviendose y se tiró en plancha en la cama, manchandola de pintalabios verde. Estupendo. Eso parecía la maldita primavera, tan verde. Pero le dio igual. Se veía guapo con ese pintalabios tan peculiar, aunque no combinase con lo que llevaba. Era parte de él, y no podía cambiarse. Daba igual que fuese hombre, amaba maquillarse, y podía hacerlo como nadie. Era ponerse máscaras para fingir ser quien no es, y por suerte todos aceptaban su vocación. Era una de las ventajas de su horrible cuerpo. Movió su almohada hacia la derecha, haciendo que esta cayese sobre sus zapatillas de color azul, claras y con pompones. Debajo de la almohada había una pequeña cajita de madera de roble, realmente simple. La abrió,.mirando a los lados, y de ella sacó un cigarro Camel. Lo acercó a su nariz, lo olió y sonrió, adorando el aroma del tabaco rubio. Acto seguido, lo sugetó entre los labios y se lo encendió, queriendo olvidarlo todo.

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