La historia sin título (2)

Después de un día de trabajo agitado, llegó la noche, y con esto el final de su jornada laboral. La chica salió del establecimiento, pequeña, animada, con su preciosa boquita en forma de corazón mostrando una sonrisa inamovible. Siempre sonreía, sin excepciones, por mucho daño que le hicieran. Tampoco protestaba nunca. Tal vez por eso soportaba una jornada abusiba y un salario espantoso, que no compensaba la falta de respeto y los insultos sexistas de la clientela o de los transeuntes, como aquella joven de pelo corto y llamativos labios verdes de antes. Sin embargo, no le molestaba. No se lo tenía en cuenta a nadie nunca.

Caminó hacia el paso de cebra más cercano, que estaba a tan solo cinco metros del local, con el fin de tomar el bus hacia su casa, que estaba en la ciudad. Solo eran quince minutos de viaje, no era para tanto. O eso se decía. Realmente odiaba trabajar tan lejos de donde vivía, pero allí todos la odiaban, sin excepción. Solo se sentía realmente querida en dos sitios: En el bus, hablando con su amiga como siempre habían hecho y en su casa, hablando con su madre y con su pareja. Sin embargo, eso no rompería su sonrisa.

Se sentó al lado de la chica y hablaron durante quince minutos de todo y de nada. Era maravilloso ver cómo dos personas que se habían conocido en un pequeño viaje en bus conectaban tan bien. Pero, pasados los quince minutos, se despidieron con un abrazo prometiendo verse al dia siguiente, y nuestra joven de ojos de estrella bajó del bus. Cruzó los callejones, rápida y ágilmente, sonriendo, con todo y nada en mente, intentando no pararse ante una tienda de cosméticos. Estaba tan distraida que se chocó con alguien, y se disculpó como si no hubiera un mañana.

Tan distraida estaba al despedirse que el cuerpo contrario desapareció. Qué extraño, pensó, pero no le dio más importancia. Colocó bien su larguísimo cabello, claro y feerico y siguió adelante. Su madre no podía estar sola durante mucho tiempo, y ella no podía mantenerse mucho más en esa fría calle llena de odio.

Su hogar olía a malvas y a amor. Su enferma madre la saludó desde la cocina. De ella había heredado sus ojos estrellados y su acaramelada boca. Madre, no deberías esforzarte tanto. Solo estaba haciendo la cena. Igualmente, tienes que descansar. Acto seguido ocupó el puesto de su madre, quien se fue al salón desprendiendo un aura suave y delicada que había enamorado a un bravo marinero fallecido un mes antes de que naciera su hija. De él solo conoce una fotografía y las historias que le contaban su madre y su hermano. Le parece un buen hombre, solo que demasiado distinto a su madre.

Terminó de cocinar y llevó la comida a la mesa del salón, con fuerza, puesto que la pota llena de sopa pesaba demasiado, y tambaleandose, pero tratando de aparentar ante su madre que podía con ello. Sin embargo, la mayor de las dos vio el esfuerzo de su hija y comenzó a lamentarse. Si tu hermano estuviese en casa todavía todo sería más fácil. Si Einar estuviese todavía en casa todo sería más difícil para él, ahora tomate las medicinas. Su madre odiaba que la niña que crió con tanto esfuerzo y lágrimas se comportase ante ella de forma tan autoritaria, pero llevó las medicinas a su boca enferma. Nunca iba a poder cambiar esa situación.

Una vez cenaron, cada una se fue a su respectiva habitación. Cuando ella estaba sola dejaba de sentir el olor a malvas y amor que siempre estaba presente. Se tumbó en la cama que anteriormente era de su hermano y comenzó a llorar. Sabía, claro que sabía, que Einar no había tenido más opción que irse, y que la enfermedad terminal de su madre era inevitable. Sin embargo, sentía que todo era su culpa, y que se ahogaba en un océano de problemas. Lloró desconsoladamente hasta que escuchó el tono de llamada de su pareja. Era ella, por fin iba a sentirse bien. Solo deseaba que nadie averiguase su problemática homosexualidad.

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