La historia sin título (3):

-Cariño, es la hora.

La muchacha estiró su desnudo cuerpo y abrió los ojos. Después, gritó con el frío. Su pareja había tirado de la manta, obligandola a incorporarse

-Comprendo que estés cansada después de tanta actividad nocturna, pero en una hora trabajas.

Sus azules ojos se fijaron en el reloj de la mesilla. No podía ver bien la hora, asi que apartó la caja de condones de delante, y el tiempo que la máquina describía hizo que se levantase de un salto y corriese descalza a desayunar.

Ya había terminado el café cuando un molesto estornudo la alertó de que, si seguía desnuda, se iba a resfriar. Se levantó entonces y caminó de vuelta a la habitación. En la oficina no le permitirían ni un solo día de baja, ni tampoco el más mínimo retraso, asi que se dispuso a vestirse con el traje. Muchas veces su jefe había insistido en que debía de llevar falda, pero ella se negaba. Sabía que a su superior le gustaban las mujeres de color por todas esas revistas pornográficas que había encontrado en su escritorio, y se negaba a ser el juguete sexual de nadie.
Besó a su compañero, quien estaba fregando los platos, y este puso una húmeda mano acariciando el rostro contrario. Su piel nordica destacaba demasiado con la suya, marrón chocolate, pero él siempre le dijo que era mejor el contraste, puesto que de ahí salían lo mejor.

-Llama a tu madre.-le recordó, sabiendo que era muy despistado.-Tu hermana dice que cada vez está peor. Es demasiado peso para una chica de su edad.

-En cuanto se vaya mi madre tengo pensado traer a Blanca una temporada. ¿No hay problema, no?

-Tú sabrás. Pero ella tiene un trabajo allá. En fin, me voy.

Salió apurada, con la mejilla todavía húmeda, buscando las llaves del coche. En ese pequeño pueblo, sin automóvil no ibas a ninguna parte. No pasaba un solo bus, y casi toda la población era mayor de cincuenta años. Casi toda porque, en fin, ellos eran los únicos jóvenes durante todo el año. A veces se preguntaba que qué hacía ahí, en una aldea extraña, lejos de su ciudad natal, pero más tarde recordaba que ahí estaba su compañero y se le pasaba. Además ¿Qué mejor sitio para la profesión de Einar o para criar a los niños? Si alguna vez los tenían, claro. De momento él está demasiado centrado en pagar el tratamiento de su madre y parte del piso familiar.Al llegar a Orense, aparcó el vehículo y caminó hasta la agencia, con el maletín lleno de documentos en la mano. No estaba tan lejos, y se negaba a contaminar más.

Llegó al gabinete justo a tiempo. Se colocó bien la corbata, pensó en el tacto de la pálida piel de Einar y entró en ese caos llamado “Agencia de seguros”.

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